jueves, noviembre 29, 2001

Creer está de moda

Rehén de la clase política, la nación busca en cultos, hermandades y religiones el escape espiritual.

por TANIA QUINTERO

Cuando en 1995 el hermano de Margarita fue detenido, la familia prefirió buscar los servicios de un santero, un babalao y una espiritista antes que contratar a un abogado.

El juicio demoró dos años en llegar y cuando llegó, el hermano de Margarita salió absuelto pese a una solicitud fiscal de 10 años de privación de libertad. Ese día, el santero fue encargado de "hacer el trabajo" en la sede del Tribunal Provincial, sito en Prado y Teniente Rey, en pleno corazón de La Habana.

La vista oral había sido convocada para las 9 de la mañana, pero el santero se personó cuatro horas antes con una mochila cargada de "materiales" para realizar el trabajo, todo mantenido en el más estricto secreto. Tampoco se sabe el monto del dinero gastado en los "tres representantes religiosos", mas el vecindario comentó que valió la pena, porque libraron al hermano de Margarita de la cárcel.

Desde el 2000 al hermano de Margarita se le puede localizar en EE UU, a donde ilegalmente viajó logrando establecerse sin mayores contratiempos. Y todo parece indicar que sin dificultad obtendrá el permiso de residencia y, posteriormente, la ciudadanía. Todavía le dura la "protección" que le hicieron.

"No se puede vivir sin creer, menos en un país como Cuba, con tanta envidia y malos ojos. Donde hay tanta chivatería no se puede estar sin resguardo", dice Margarita, de piel blanquísima, ojos claros y un pelo teñido que alguna vez fue rubio. En otra época, eran los negros quienes pensaban y actuaban como ella, pero en la Cuba actual cada vez hay más gente blanca suscrita a los cultos afrocubanos.

"Hacerse santo" no es ya una ceremonia exclusiva de descendientes de esclavos. Hoy uno se topa en la calle con mujeres, hombres y hasta niños blancos exhibiendo orgullosos la vestimenta blanca identificativa de Iyabó, ahora por lo regular mandada desde el exterior y complementada con vistosos sombreros. O se les ve con collares de los orishas de los cuales son hijos (Oshún, Yemayá, Shangó, Obbatalá, Oggún, Elegguá...) o con pulsos rústicos de cuentas verdes y amarillas, sinónimo de que "han cogido" la mano de Orula.

Para Manolo, un babalao negro de 66 años, "el fenómeno de los blancos metidos en la santería demuestra el poderío de nuestra raza". Una explicación maniqueísta o simplista que no es compartida por Rebeca, de 43 años y psicóloga. "Soy de la opinión de que no es un problema de superioridad de una raza sobre otra, porque si uno visita las iglesias católicas y los templos de otras denominaciones religiosas se percatará de que también acuden muchos negros y mestizos", argumenta la especialista.

El asunto es más profundo y de acuerdo con Oscar, investigador aficionado al sincretismo cubano, "el hecho de que muchos blancos acudan a la religión afrocubana tiene que ver con la pérdida de una fe y la búsqueda de otra". Según él, es perfectamente compatible que quien haya practicado toda su vida el catolicismo, como el caso de Margarita y por extensión de su familia, se refugie en la santería ante una situación urgente o desesperada. "En la medida en que los cubanos dejaron de creer en la revolución de 1959, en la que tantas esperanzas habían depositado, comenzaron a buscar nuevos íconos en los cuales depositar su fe, su confianza", explica Oscar.

En las dos últimas décadas, tras el éxodo del Mariel y la participación de miles de cubanos en campañas militares en África, es más notoria la búsqueda de mitos. "Hay que tener en cuenta que con la muerte del Che en 1967, un personaje eminentemente mítico, se produce una especie de vacío en la imaginería popular que tan bien retratara el escritor Samuel Feijoo", afirma Rosa María, estudiosa del tema y convencida de que "el ser humano necesita tener siempre algo o alguien en que creer o a quien rogarle o pedirle ayuda en determinadas circunstancias".

Por otro lado, y aunque no se dispone de datos concretos, la masonería ha adquirido a ojos vistas una fuerza igual o superior a 1959, año en que un ejército de barbudos entró en La Habana con desgastados uniformes verde olivo, mostrando collares confeccionados con semillas de Santa Juana y ojos de buey, y con llamativos escapularios.

Es significativa la cantidad de jóvenes que se han hecho masones o piensan ingresar a esa hermandad. Alberto, blanco de 30 años, es uno de ellos. Labora en una institución científica y nunca se sintió atraído por la política; luego de mucha meditación, se decidió por la masonería. Lo ayudó Julián, negro de 40 años poseedor de tres M: militar, militante y masón. Una troika —por llamarle de alguna manera— difícil de concebir antes de 1990, cuando el IV Congreso del Partido Comunista propició una cierta apertura al permitir que sus militantes pudieran pertenecer, al mismo tiempo, a una orden religiosa.

Mirta, de 75 años y maestra jubilada, fue una de las que respiró aliviada a partir de esta decisión gubernamental: "Toda mi familia fue bautista y yo tenía que esconderlo con gran dolor de mi alma". Mirta tuvo que aceptar una educación constitucionalmente laica, que en ocasiones era "francamente antirreligiosa, negando a Cristo y pretendiendo que los alumnos colocaran en altares ateos a revolucionarios vivos o muertos convertidos en héroes o mártires".

Nadie se extraña ya cuando al desandar el centro de La Habana encuentra a minusválidos pidiendo limosna para su dios, San Lázaro o Babalú Ayé. En la misma medida en que la idolatría por la llamada revolución y sus líderes comenzó a desvanecerse, personas con tendencia a la veneración depositaron su fe en los más diversos cultos. Los testigos de Jehová, otrora perseguidos, reprimidos y encarcelados, predican hoy por toda la Isla. Ha aumentado el interés por filosofías y credos orientales relacionados con Buda, Confucio, Mahoma, Sai Baba o deidades occidentales como el Cristo de Medinaceli o el Señor de los Milagros de Mailín.

Cubanos de disímiles generaciones han decidido ser fieles a dioses de rara impronta. Una señora ciega que el 11 de octubre de 2001 cumplió 70 años, es apasionada al Cristo del Corcovado, de Río de Janeiro, Brasil: "Es que yo nací el mismo día en que se situó su figura en lo alto del Corcovado", dice. Cuando aún no había perdido la visión, todos los 16 de noviembre —día de San Cristóbal de La Habana, santo patrón de la ciudad (Argayú en términos afrocubanos)—, le daba tres vueltas a la ceiba y de ahí partía con destino a Casablanca, donde se alza la copia menor del Cristo carioca.

A una parada de ómnibus llega un joven con jeans y pulóver —con el rostro de Lennon estampado, otra deidad a la que adorar—; lleva colgado un instrumento musical y pasados unos minutos entabla conversación con la muchacha que le dio el último en la cola. Antes de abordar la guagua, saca rápidamente una postal del bolsillo posterior del pantalón y se la entrega a su interlocutora. Ella le da las gracias, pero no tiene tiempo para verla. Cuando arriba a su destino, la Biblioteca Nacional, la mira con detenimiento. Se trata de una reproducción al óleo del cuadro The back of Christ (Cristo de espaldas), pintada en 1962 por Tomás Fundora, un pintor que la joven estudiante de medicina no sabe quién es. De Fundora es también la oración que aparece al dorso y que ella, en estos tiempos de incertidumbre y desasosiego, reza a diario con un Padre Nuestro.

Nunca más volvió a encontrarse con quien le regaló la postal —cortesía de Los Seguidores, una agrupación religiosa independiente. ¿Radicada en Cuba o en el exterior? No lo sabe... lo único que tiene claro es que ese día de 2000 dejó de ser agnóstica. Fue a la parroquia cercana a su domicilio y se inscribió en el catecismo para recibir el bautizo y la primera comunión. Sus padres, militantes del único partido legal en la Isla, ni siquiera lo saben.

URL: http://arch.cubaencuentro.com/cultura/2001/11/29/5127.html



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